miércoles, 08 de febrero de 2006
El Alma del Bosque (por Lion)
El alma del bosque
A aquel muchacho le gustaba acercarse a las inmediaciones del frondoso bosque.
Su padre le advirtió que no lo hiciera, se contaban muchas historias sobre maldiciones, gente que se había internado en las profundidades de aquel laberinto y de la que nada se volvió a saber.
Pero este muchacho era diferente, siempre le habían gustado los misterios de la naturaleza, temas que la ciencia no había podido demostrar.
Sin duda era una persona solitaria, pero de gran corazón. Las catedrales eran su lugar de inspiración, y los cementerios de reflexión.
Le gustaba la música que inspiraba tristeza y melancolía, también amaba la literatura y ante todo amaba a la propia tierra. Los amaneceres, el olor de las flores, el sonido de los pájaros revoloteando entre los árboles o incluso el crepitar de pequeñas ramas caídas mientras andaba por el bosque... cosas que una persona normal no sabía apreciar, pero que él era capaz de valorar y que le producían una profunda satisfacción. Era por eso que tanto le gustaba ir al bosque.
Aquel día como cualquier otro, después de hacer las tareas del hogar se dirigió al corazón del bosque con el objetivo de volver a caer en brazos de la madre naturaleza. Cuando llegó, se paró para descansar y comió la poca comida que llevaba consigo mientras miraba hacia el cielo y observaba el revolotear de los pájaros. El olor a resina era tan agradable que se tumbó para descansar y quedó allí dormido.
Cuando despertó, el bosque había cambiado completamente. La atmósfera era bastante húmeda, y una niebla densa lo envolvía todo. A su alrededor solo veía vegetación y los troncos de árboles centenarios.
El muchacho miró hacia arriba en un intento por ver la luz del sol, pero la niebla era tan densa que ni siquiera pudo llegar a ver las copas de aquellos árboles que estaban más próximos. El silencio era absoluto, casi podía oír los latidos de su propio corazón.
Comenzó a caminar con pasos firmes y decidido a salir del bosque antes de que anocheciera, pero estaba algo desorientado. No era la primera vez que volvía con niebla, pero no con el espesor que había en esa ocasión.
Lo que más le aterraba era el silencio en el que se había sumido todo el bosque. Era como si todos sus habitantes se hubieran dormido o simplemente hubieran desaparecido.
Camino durante unos cuantos minutos hasta que sobresaltado vio algo que se movía entre los árboles. La intensa niebla no le permitía muy bien divisar lo que era, pero armándose de valor se dirigió hacia el lugar.
Se ocultó detrás de unos arbustos para no ser descubierto y cuando alzó la vista para mirar un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Una joven mujer con un largo vestido blanco se encontraba agachada junto a un tronco recogiendo flores.
Su piel era pálida y sus cabellos eran largos y de color rojizo caoba. En silencio arrancaba los pétalos de las flores que se encontraban junto a ella, flores de color rojo y azul que crecían en las raíces de algunos árboles y que con sumo cuidado metía en un cesto de mimbre.
El muchacho sobresaltado por tal descubrimiento dio un paso atrás con tal mala suerte que tropezó y calló bruscamente sobre los arbustos. La joven al oír el ruido se levantó y se acercó hacia él.
Entonces aún con miedo decidió mirarla a la cara. Sus ojos eran azules grisáceos y su cara inspiraba tristeza y melancolía. El chico estaba estupefacto y asustado a la vez, jamás había visto a una mujer tan hermosa, pero se acordó de la maldición de la que hablaba su padre y pensó que algo tan bello no podía serlo y que el mal sería la fuente de tanta belleza.
Ella le tendió la mano y él por instinto le dio la suya, su mano era fría como la escarcha en invierno, mientras sus largos cabellos emanaban un olor embriagador como si hubiera sido hecho con pétalos de rosas.
La mujer le ayudo a levantarse y el muchacho le preguntó:
- ¿Quién eres?.
Ella en un tono de voz muy suave, casi angelical le contestó:
- Por favor, vete, no quiero hacerte daño. Encontrarás el camino de vuelta siguiendo por este sendero.
El insistió:
- ¿Que haces en el bosque con esta niebla?.
Pero ella sin responder a su pregunta cogió el cesto y se fue.
El muchacho dudo durante unos instantes. Jamás había visto algo tan bello y hermoso, pero tenía miedo de que algo malvado estuviera detrás de tanta
belleza.
Aún así decidió arriesgarse pues tenía miedo de no volver a ver a una mujer tan hermosa.
La siguió sigilosamente hasta cerca de un río que surcaba aquel bosque, era un río de bastante caudal. El muchacho miró sorprendido hacia el cielo.
La niebla había desaparecido y una enorme luna llena se veía reflejada en el agua cristalina que manaba de lo alto de la montaña.
La muchacha se arrodillo en la orilla y empezó a lavar sus largos cabellos.
Cuando terminó cogió los pétalos y los depósito uno a uno suavemente en el agua mientras veía como la corriente se los llevaba...
Sorprendido se acercó de nuevo donde ella, pues ya no la temía tanto como al principio la había temido.
Al llegar se arrodillo junto a ella y se puso a observar el reflejo de la luna en el agua. Repentinamente otro escalofrío recorrió su cuerpo, no podía ver reflejo ninguno de la chica.
Se levantó precipitadamente y le volvió a preguntar.
- Por favor, ¡dime quién eres!.
Unos segundos después ella contestó:
- Soy la naturaleza. - dijo casi susurrando.
-¿Como?.
- Soy la naturaleza, el alma de la tierra, el cielo, el agua... la fuente de vida de todos los seres...
- ¿Y que haces aquí, que quieres?...
- Este es mi hogar, yo te enseñé el camino de vuelta pero has decidido quedarte ¿por qué?.
- Porque eres la mujer más hermosa que he conocido nunca, jamás había visto a alguien como tú.
- No te engañes, la naturaleza puede adoptar muchas formas. Yo no soy más que una de ellas.
- Pues sin duda eres lo más bello que la naturaleza ha creado jamás. Me gustaría tanto estar a tu lado y conocerte mejor...
-Acompáñame -le dijo la muchacha.
Juntos subieron con paso lento hacia uno de los desfiladeros de la montaña desde la que se divisaba todo el bosque mientras en lo alto las estrellas y la luna adornaban aquel paisaje de ensueño.
Se sentaron junto al desfiladero y ella le confesó:
- Conocerme implica muchas cosas, si lo haces no podrás volver a salir del bosque.
- No me importa, contigo me siento feliz, me gustaría formar parte de tu vida.
La joven se levantó y dijo:
- De acuerdo, acércate.
El muchacho se acercó hacia ella. Entonces la mujer le abrazó y le dio el beso más dulce que un ser humano es capaz de percibir.
Un beso que eran las sensaciones de millones de años de sabiduría, lleno de sentimientos, de amor y de vida.
En ese instante un suave viento que subía del bosque empezó a acariciar los cabellos de la chica mientras su largo vestido se ondulaba como lo hacen las olas antes de romper en la costa.
El muchacho se percató de ello, pero el beso era tan pasional que se sintió totalmente atrapado.
Entonces la chica apartó sus labios y le dijo.
- Gracias, ahora siempre estarás a mi lado.
Cuando el muchacho quiso hablar para decirle lo bonito que había sido aquel beso, no pudo.
Su cuerpo estaba totalmente inmovilizado, miró a su alrededor y no vio más que ramas y hojas. Se cuerpo se había convertido en un enorme sauce.
Un sauce que a partir de entonces oiría el canto de los pájaros, que disfrutaría de los anocheceres de luna llena allá en lo alto de la montaña y sobre todo, un sauce que siempre recordaría aquel beso tan pasional, aquel beso con la propia naturaleza.
Dedicado a mi amor Amets.
Te quiero.
A aquel muchacho le gustaba acercarse a las inmediaciones del frondoso bosque.
Su padre le advirtió que no lo hiciera, se contaban muchas historias sobre maldiciones, gente que se había internado en las profundidades de aquel laberinto y de la que nada se volvió a saber.
Pero este muchacho era diferente, siempre le habían gustado los misterios de la naturaleza, temas que la ciencia no había podido demostrar.
Sin duda era una persona solitaria, pero de gran corazón. Las catedrales eran su lugar de inspiración, y los cementerios de reflexión.
Le gustaba la música que inspiraba tristeza y melancolía, también amaba la literatura y ante todo amaba a la propia tierra. Los amaneceres, el olor de las flores, el sonido de los pájaros revoloteando entre los árboles o incluso el crepitar de pequeñas ramas caídas mientras andaba por el bosque... cosas que una persona normal no sabía apreciar, pero que él era capaz de valorar y que le producían una profunda satisfacción. Era por eso que tanto le gustaba ir al bosque.
Aquel día como cualquier otro, después de hacer las tareas del hogar se dirigió al corazón del bosque con el objetivo de volver a caer en brazos de la madre naturaleza. Cuando llegó, se paró para descansar y comió la poca comida que llevaba consigo mientras miraba hacia el cielo y observaba el revolotear de los pájaros. El olor a resina era tan agradable que se tumbó para descansar y quedó allí dormido.
Cuando despertó, el bosque había cambiado completamente. La atmósfera era bastante húmeda, y una niebla densa lo envolvía todo. A su alrededor solo veía vegetación y los troncos de árboles centenarios.
El muchacho miró hacia arriba en un intento por ver la luz del sol, pero la niebla era tan densa que ni siquiera pudo llegar a ver las copas de aquellos árboles que estaban más próximos. El silencio era absoluto, casi podía oír los latidos de su propio corazón.
Comenzó a caminar con pasos firmes y decidido a salir del bosque antes de que anocheciera, pero estaba algo desorientado. No era la primera vez que volvía con niebla, pero no con el espesor que había en esa ocasión.
Lo que más le aterraba era el silencio en el que se había sumido todo el bosque. Era como si todos sus habitantes se hubieran dormido o simplemente hubieran desaparecido.
Camino durante unos cuantos minutos hasta que sobresaltado vio algo que se movía entre los árboles. La intensa niebla no le permitía muy bien divisar lo que era, pero armándose de valor se dirigió hacia el lugar.
Se ocultó detrás de unos arbustos para no ser descubierto y cuando alzó la vista para mirar un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Una joven mujer con un largo vestido blanco se encontraba agachada junto a un tronco recogiendo flores.
Su piel era pálida y sus cabellos eran largos y de color rojizo caoba. En silencio arrancaba los pétalos de las flores que se encontraban junto a ella, flores de color rojo y azul que crecían en las raíces de algunos árboles y que con sumo cuidado metía en un cesto de mimbre.
El muchacho sobresaltado por tal descubrimiento dio un paso atrás con tal mala suerte que tropezó y calló bruscamente sobre los arbustos. La joven al oír el ruido se levantó y se acercó hacia él.
Entonces aún con miedo decidió mirarla a la cara. Sus ojos eran azules grisáceos y su cara inspiraba tristeza y melancolía. El chico estaba estupefacto y asustado a la vez, jamás había visto a una mujer tan hermosa, pero se acordó de la maldición de la que hablaba su padre y pensó que algo tan bello no podía serlo y que el mal sería la fuente de tanta belleza.
Ella le tendió la mano y él por instinto le dio la suya, su mano era fría como la escarcha en invierno, mientras sus largos cabellos emanaban un olor embriagador como si hubiera sido hecho con pétalos de rosas.
La mujer le ayudo a levantarse y el muchacho le preguntó:
- ¿Quién eres?.
Ella en un tono de voz muy suave, casi angelical le contestó:
- Por favor, vete, no quiero hacerte daño. Encontrarás el camino de vuelta siguiendo por este sendero.
El insistió:
- ¿Que haces en el bosque con esta niebla?.
Pero ella sin responder a su pregunta cogió el cesto y se fue.
El muchacho dudo durante unos instantes. Jamás había visto algo tan bello y hermoso, pero tenía miedo de que algo malvado estuviera detrás de tanta
belleza.
Aún así decidió arriesgarse pues tenía miedo de no volver a ver a una mujer tan hermosa.
La siguió sigilosamente hasta cerca de un río que surcaba aquel bosque, era un río de bastante caudal. El muchacho miró sorprendido hacia el cielo.
La niebla había desaparecido y una enorme luna llena se veía reflejada en el agua cristalina que manaba de lo alto de la montaña.
La muchacha se arrodillo en la orilla y empezó a lavar sus largos cabellos.
Cuando terminó cogió los pétalos y los depósito uno a uno suavemente en el agua mientras veía como la corriente se los llevaba...
Sorprendido se acercó de nuevo donde ella, pues ya no la temía tanto como al principio la había temido.
Al llegar se arrodillo junto a ella y se puso a observar el reflejo de la luna en el agua. Repentinamente otro escalofrío recorrió su cuerpo, no podía ver reflejo ninguno de la chica.
Se levantó precipitadamente y le volvió a preguntar.
- Por favor, ¡dime quién eres!.
Unos segundos después ella contestó:
- Soy la naturaleza. - dijo casi susurrando.
-¿Como?.
- Soy la naturaleza, el alma de la tierra, el cielo, el agua... la fuente de vida de todos los seres...
- ¿Y que haces aquí, que quieres?...
- Este es mi hogar, yo te enseñé el camino de vuelta pero has decidido quedarte ¿por qué?.
- Porque eres la mujer más hermosa que he conocido nunca, jamás había visto a alguien como tú.
- No te engañes, la naturaleza puede adoptar muchas formas. Yo no soy más que una de ellas.
- Pues sin duda eres lo más bello que la naturaleza ha creado jamás. Me gustaría tanto estar a tu lado y conocerte mejor...
-Acompáñame -le dijo la muchacha.
Juntos subieron con paso lento hacia uno de los desfiladeros de la montaña desde la que se divisaba todo el bosque mientras en lo alto las estrellas y la luna adornaban aquel paisaje de ensueño.
Se sentaron junto al desfiladero y ella le confesó:
- Conocerme implica muchas cosas, si lo haces no podrás volver a salir del bosque.
- No me importa, contigo me siento feliz, me gustaría formar parte de tu vida.
La joven se levantó y dijo:
- De acuerdo, acércate.
El muchacho se acercó hacia ella. Entonces la mujer le abrazó y le dio el beso más dulce que un ser humano es capaz de percibir.
Un beso que eran las sensaciones de millones de años de sabiduría, lleno de sentimientos, de amor y de vida.
En ese instante un suave viento que subía del bosque empezó a acariciar los cabellos de la chica mientras su largo vestido se ondulaba como lo hacen las olas antes de romper en la costa.
El muchacho se percató de ello, pero el beso era tan pasional que se sintió totalmente atrapado.
Entonces la chica apartó sus labios y le dijo.
- Gracias, ahora siempre estarás a mi lado.
Cuando el muchacho quiso hablar para decirle lo bonito que había sido aquel beso, no pudo.
Su cuerpo estaba totalmente inmovilizado, miró a su alrededor y no vio más que ramas y hojas. Se cuerpo se había convertido en un enorme sauce.
Un sauce que a partir de entonces oiría el canto de los pájaros, que disfrutaría de los anocheceres de luna llena allá en lo alto de la montaña y sobre todo, un sauce que siempre recordaría aquel beso tan pasional, aquel beso con la propia naturaleza.
Dedicado a mi amor Amets.
Te quiero.
|
Enviar

